Porque aun cuando estábamos con vosotros os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. (2 Tes 3:10)

La pereza y la holgazanearía son vistos como pecado en las escrituras. Proverbios dice: El deseo del perezoso lo mata, porque sus manos rehúsan trabajar (Pro 21:25). La laboriosidad es un mandato del Señor. Desde el huerto del Edén Dios había ordenado a Adán que lo trabajara y lo labrara (Gen 2:15)

Es cierto que el pecado hizo más difícil la tarea para el hombre (Gen 3:19) y es precisamente por eso que la demanda de laborar es más enérgica después de la caída.

Un llamado a  la laboriosidad

En la primera carta a los hermanos de Tesalónica, Pablo había enseñado cosas hermosas acerca de la venida de Cristo (1 Tes 4:16-20). Sin embargo, algunos habían reaccionado con ánimo esperanzador, pero otros habían abandonado sus compromisos laborales, supuestamente, para esperar al Señor venir en el aire. 

no dudo que ese sentimiento haya sido genuino; pero reaccionaron de manera incorrecta, abandonado sus responsabilidades. Es por eso que en la segunda carta, el Apóstol exhorta a esos hermanos a trabajar, puesto que la esperanza del evangelio no puede tomarse como pretexto para la falta de compromiso y de laboriosidad.

Pablo mismo también había escrito a los Efesios:

El que roba, no robe más, sino más bien que trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, a fin de que tenga qué compartir con el que tiene necesidad (Ef 4:28)

Como verán, en esta ocasión Pablo pone la laboriosidad como el aspecto positivo del séptimo mandamiento: No robarás.

En cierta manera, las personas que rehúsan a trabajar aún cuando tienen las posibilidades, son comparados con alguien que roba. Esto debe ser entendido así: el perezoso está siendo objeto de consumo de recursos en lugar de ser alguien que los provee. El robo no siempre involucra fuerza. Si por causa de la pereza de alguien otra persona debe ser desprovista de lo que tiene para ser él ser sustentado, entonces está robando.

La soberanía y provisión de Dios

La laboriosidad es un principio bíblico importante. Un cristiano que no se ocupe en trabajar es un motivo para que el Evangelio sea vituperado. Dios no es partidario de la pereza y la holgazanería sino que nos manda a ser diligentes y esforzados en nuestras labores.

Muchos cristianos deben arrepentirse de este pecado. Algunos suelen escudarse también en el pretexto de que Dios es quien provee y que no debe preocuparse por trabajar, pues el Señor le sostiene con “pan del cielo”. Eso tiene algo de verdad, pero ignora que la soberanía de Dios no excluye nuestra responsabilidad.

Citar textos como: “Buscad primeramente el reino de los cielos y su justicia y todo lo demás será añadido” y otros similares,  no es un llamado al fatalismo y la mediocridad; sino a poner a Dios como la prioridad, sin dejar de ser diligente en lo que corresponde.

Es entendible que por algunas circunstancias algunos hermanos no tengan la oportunidad de laborar, pero deben poner todo su empeño, confianza en el Señor, ánimo y diligencia en lograrlo, para que aún en ello sea Dios glorificado.

Es nuestro deber revisar cuál es la razón de la falta de laboriosidad. No podemos engañarnos a nosotros mismos y menos a Dios. Dependemos de la soberanía de Dios pero debemos poner toda diligencia en lo que requiera diligencia.

Quiera el Señor llevarnos a ser productivos y no perezosos. A ser diligentes en lo que diligencia requiera, aprovechando bien el tiempo y que al mismo tiempo podamos ser instrumentos de bendición también para otros, para que en lo que Dios nos da como resultado de nuestras labores podamos participar de las necesidades de los que el Señor ponga a nuestro alrededor.

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