Esta es la ultima entrada de tres que he publicado acerca del verdadero amor a Dios. Mi oración es que Dios pueda bendecirte y que seas edificado. Por favor, trata de tomar nota de cada una de las citas y léelas. Por cuestión de espacio no puedo transcribirlas todas, pero tu no dejes de hacer el ejercicio.

En entradas anteriores he estado hablando acerca del verdadero amor a Dios. He mencionado lo que el amor significa y que está asociado a dos elementos básicamente; en un sentido el amor hace, y hoy, en esta ultimo post, hablaré de que el amor también, en un sentido negativo deja de hacer.

La idea de que el amor verdadero también consiste en cosas que debo hacer parece muy obvia. Sin embargo, no con mucha frecuencia pensamos en el hecho de que el amor verdadero también implica el abstenerme, como sacrificio, de cosas que de alguna manera afectan el objeto de mi amor.

pensemos por un momento en el caso de el amor entre los esposos. Si un esposo verdaderamente ama a su esposa, él debe procurar evitar hacer esas cosas que él sabe que a ella no le agradan. Debe dejar de dedicarse tanto tiempo a sus amigos, al teléfono o la televisión, para dedicarse mas a ella, aunque eso implique un sacrificio (lea también: El Verdadero Amor A Dios) , debe de ser tan gruñón aunque esa sea su costumbre, porque a ella le gusta que sea cariñoso. Como vemos, el amor involucra sacrificio también en las cosas que debemos dejar de hacer.

Ahora bien, en cuanto al amor a Dios, imagínate cuanto mas comprometidos debemos estar a “dejar de hacer”. Esa es la idea que el Apóstol Juan continúa en el texto que hemos estado considerando. veamos:
Lea también:  Amar A Dios Es Hacer

No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.
 Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. (1a Juan 2:15)

La idea del Apóstol Juán es: si realmente amamos a Dios, entonces debemos dejar de amar al mundo. Las razones por las que debemos dejar de amar al mundo es porque si alguno ama al mundo, el amor del Padre no esta en él (v15) y porque además el mundo pasa (v17).

Notemos que Juan no solo nos habla de la necesidad de “dejar de hacer” sino que nos da las razones por las que eso no es para nada provechoso a nosotros. Amar a Dios no solo es lo que debemos hacer, sino lo mejor que podemos hacer.

Debemos tener claro a estas alturas que el mundo al que Juan se refiere, no es el mundo en términos físicos. La idea, no solo en este texto, sino en todo el nuevo testamento (ver Santiago 4:4) es que el mundo es un sistema de cosas, es una filosofía, una manera de pensar y vivir.

Si amas a Dios, dejas a un lado los deseos de la carne.

Cuando decimos que amamos a Dios y somos guiados por nuestra propia carne (deseos, sentimientos, inclinaciones)hacia las cosas mundanas, lo que evidenciamos es una gran contradicción. Pablo, hablando de la carne dijo que ella no puede someterse a Dios y que de hecho, sus designios son enemistad contra Dios(leer por favor Romanos 8:7-8).

Pero ¿cuáles son exactamente esos “designios de la carne” a los que Pablo, tan enfáticamente se refiere? El Apóstol mismo es quien da respuesta a esta pregunta en Gálatas 5:19-21:

 Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías,  envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.

Puede ser que un creyente caiga en algún pecado de la carne, pero alguien que ama a Dios verdaderamente, no perseverará en ninguno de esos pecados, de hecho,  si eso pasa, lo que se hará evidente es que ni siquiera es creyente.

Si amas a Dios, dejas aun lado los deseos de los ojos.

A veces me pongo a pensar en lo que puede sentir una mujer cuando ve que su esposo, mientras camina con ella, gira su cabeza sin el mas mínimo disimulo para ver a otra mujer que va por la calle. ¿verdad que es desagradable? He visto esta escena muchas veces en muchos hombres, y vaya que me produce rechazo. Ahora, piensa cuánto celo debe sentir nuestro Dios cuando no solo miramos con anhelo las cosas de este mundo, sino que hasta galanteamos con ellas.

El ver con anhelo como los impíos prosperan (salmo 73:1), el poner nuestra mirada en las cosas materiales, la ambición y la avaricia no son propias de alguien que ama a Dios. Fue precisamente ese el pecado de Eva.  Ella, seducida por el enemigo “vio que el árbol era bueno, para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella (Gen 3:6). Oh! Con cuánta astucia el enemigo de nuestras almas pone frente a nosotros tantas cosas a diario, con el único fin de que nuestro amor a Dios decaiga.
Quien ama a Dios verdaderamente, dejará de poner su mirada en las cosas de esta tierra y meditará con mucha mas frecuencia en las celestiales.
El amor verdadero a Dios nos mantiene firmes aún en medio de la misma adversidad.  Cuando agobiados por las necesidades, confiamos que poderoso es el Dios que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, en Cristo Jesús.

Si amas a Dios, dejas a un lado la vanagloria de la vida

¿Puede haber algo mas mundano que la vanagloria de esta vida? ¿De qué pudiera servir la gloria de los hombres de este mundo? No podemos entregar nuestra vida al servicio de este mundo esperando su reconocimiento. La fama, el reconocimiento y la popularidad pudieran ser inevitables en ciertas circunstancias. Conozco, hombres piadosos que han llegado a ser muy reconocidos, pero es precisamente su piedad la que evidencia que nunca buscaron tal reconocimiento. En el corazón de alguien que  verdaderamente ama a Dios, ésta no es una prerrogativa, ni siquiera es un propósito secundario. El que ama a Dios verdaderamente sabe que este mundo pasara, sus deseos y también su “gloria”. Pero sabe también que el amor de Dios permanecerá para siempre.

Amar a Dios significa también una renuncia continua. Y tal renuncia, ciertamente es sacrificial.
Cuánto batalla nuestro espíritu a diario con los deseos de la carne; cuándo quisieran nuestros ojos ser satisfechos por el materialismo y cuánto anhelaría nuestro caído, torcido y orgulloso corazón, el reconocimiento y la vanagloria.
Pero fortaleza tenemos en Cristo, en quien todos los deseos de nuestra carne son mortificados (Romanos 8:9), en quien ponemos nuestra mirada y quien es nuestra propia Gloria.

Que Dios nos provea la gracia necesaria para amarle verdaderamente todos los días de nuestra vida.

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