Hoy  se cumplen 30 años de la tragedia más significativa en la historia de mi país; Colombia. El miércoles 13 de Noviembre de 1985 el municipio de Armero en el Departamento del Tolima quedaría literalmente sepultado por las grandes cantidades de lodo y escombro que salieron del volcán Nevado De Ruiz tras 69 años de inactividad; ¿el resultado?  Más de 25.000 muertos e incontables pérdidas materiales.

No cabe duda que trata de algo sumamente lamentable y aunque ni siquiera había nacido para entonces, ver las imágenes de la tragedia y los relatos de los pocos sobrevivientes, es algo que llena de tristeza y desconsuelo. Pero frente a eso ¿qué tenemos que decir como cristianos? ¿Cómo respondemos a las preguntas de aquellos que la demandan? ¿Hay algo valioso que rescatar como enseñanza? No prometo responder a todas esas preguntas en este post, sería como tratar de sacar el agua del mar con un pequeño vaso, pero si trataremos de mostrar algunas lecciones que de las Escrituras brotan para nuestro provecho.

“Crónica de una tragedia anunciada”

La tragedia de Armero no vino sin aviso previo. Uno de los hechos más lamentable que puedan considerarse, es que durante meses se había alertado del peligro de un volcán que después de tantos años había recobrado su actividad.

Organismos expertos en geología, así como un debate en e congreso con estudios en mano para crear un plan de evacuación, hicieron parte de la antesala preventiva. Incluso, solo una noche antes el volcán había expedido una gran nube de ceniza y azufre, algo que llegó a preocupar a los lugareños, pero no lo suficiente para obligarlos a salir, pero justo mientras dormían, miles de metros cúbicos de lodo, agua y escombros entraron a las casas sin dar posibilidad de respuesta, dejando a Armero completamente borrado del mapa.

¿Os recuerda algo esto? Sí. Eventos en la Escritura estuvieron caracterizados por el mismo patrón, solo que consecuencias mucho mayores. No quiero decir que se trate de una réplica exacta de un evento bíblico, pero sin duda nos presenta una analogía interesante de un mundo que hoy no teme a lo que desde el evangelio se anuncia como peligro.

Dios ha anunciado en su palabra el fin de todas las cosas, y aunque muchos hacen burla de ello, el Señor sigue siendo paciente, no queriendo que todos perezcan, sino que todos aquellos ordenados para salivación procedan al arrepentimiento:

El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. (2 Pedro 3:9).

Nadie podrá estar en el día del juicio delante de Dios argumentando que no fue anunciado acerca de los tiempos y las ocasiones. Dios se ha encargado por medio del evangelio de Jesucristo, de su palabra e incluso de las cosas creadas, de informarnos acerca de su realidad y también de sus planes, de modo que nadie quede sin excusa (Rom 1:20)

¿Dónde estaba Dios?

Una de las cosas que se hacen evidentes ante la impotencia es el poder encontrar una respuesta al por qué de las cosas. En su intento muchos apuntan a Dios como responsable final, ya sea por ser el causante o por, según ellos, permanecer indiferente, ¿dónde estaba Dios? Preguntan.

Nuestra respuesta y entendimiento no puede ser otro: Dios está donde siempre ha estado, en los cielos, él hace lo que le place (Sal 115:2).

Si algo que debemos hacer frente a estas cosas es callar. Job nos da un gran ejemplo de lo que pasa detrás del telón de nuestras vidas en sufrimiento; allí esta él, como perfecto director haciendo todo aquello que considera justo y bueno, aun cuando nosotros no podamos comprenderlo. La soberanía de Dios es incomprensible, nadie conoció jamás su mente, nadie puede darle concejo (1 Cor 2:16).

Es cierto que esta verdad no parece muy consoladora, pero hay una gran diferencia entre nuestros planes y los planes de Dios, entre nuestros caminos y los caminos suyos. La cruz es un ejemplo perfecto de eso; Dios es glorificado al ejercer su justicia al mismo tiempo que su misericordia. La cruz representó amargura, dolor y frustración para muchos, pero sobreabundó en favor y misericordia para la humanidad, esa es la imagen del perfecto alfarero trabajando en la rueda de su creación, él es bendito por los siglos.

La impotencia ante la muerte

Las tragedias tienen rostros dice alguien,  y la de Armero tuvo el suyo; Omaira Sánchez, una niña de escasos doce años cuya imagen fue el mensaje al mundo entero de una catástrofe si precedentes. Fue portada en la revista dominical de New York Times y además fue uno de los personajes más importantes del siglo XX según la revista Paris Match; no cabe duda que su figura es el recuerdo aun de aquellos que no vivían para le época.

Pero hay algo más detrás de la imagen; la horrenda impotencia frente a un gigante ineludible: la muerte. Toda la humanidad, inteligencia, sabiduría y razonamiento del hombre, se desvanece frente a aquello que no puede detenerse. Un país entero fue movido a esta realidad al ver por casi tres días la lucha de la pequeña para mantenerse viva, mientras hacían todo lo posible por sacar sus pies presionados por el escombro y casi 30.000 metros cúbicos de lodo. Al final, todos tuvieron que presenciar el momento en que Omaira encogió sus hombros y puso la cabeza sobre uno de ellos para morir.

Meditar en la temporalidad de la vida hará que anhelemos la Eternidad. No se trata de un pensamiento escapista, pero si consolador. Dios nos anima a no poner nuestra mirada en las cosas que perecen (Col 3:2) sino en las de arriba, en el cielo, en las que son Eternas. Debemos vivir esta vida para la gloria de Dios, para que al fin la muerte sea solo una recompensa. Después de todo de que le vale al hombre ganar el mundo entero, si su alma se pierde (Mt 16:26).

Un llamado al arrepentimiento

Cuando estamos frente a una catástrofe de éstas magnitudes, solemos pensar que somos afortunados de tener una religión, de vivir en otro lugar, o de “no ser tan pecadores como ellos”. Esos son los pensamientos de un corazón arrogante y orgulloso que confía en una religión vacía. Jesús lidió con este problema en ese mismo contexto:

O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén?

Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. (luc 13: 4-5)

No voy a entrar a hacer una exégesis del pasaje, pero si quiero resaltar la forma tan vehemente en que el Señor nos manda a reflexionar en nuestra propia condición. Si algo que debe recordarnos Armero —y otras tragedias en el mundo— es que debemos vivir una vida de arrepentimiento contínuo, buscando a agradar a Dios por medio de Jesucristo, para que cuando la muerte toque nuestra puerta la Eternidad sea nuestra morada.

Quiera el Señor llevarnos a la reflexión, a glorificar sus Soberanía y a reconocer nuestras propias debilidades y dependencia de su misericordia. Que así sea.

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