En  una entrada anterior estuve hablando acerca del ayuno bíblico y su vigencia. No cabe duda que se trata de una práctica no sólo bíblica sino provechosa; sin embargo, es posible que una percepción incorrecta de dicha práctica lleve al creyente a dos extremos: por un lado puede convertirse en un motivo de superstición legalista, pero por otro lado puede asumirse como algo superfluo y sin importancia. Es necesario pues que nos centremos en la Palabra de Dios a fin de no pecar de pendulares.

El peligro del ascetismo

Existe un  peligro latente al considerar la práctica del ayuno; se trata de asumir una posición ascética que no resulta ser provechosa. El ascetismo se define como la privación de los placeres materiales a fin de buscar la perfección espiritual; y aunque uno de los fines del ayuno puede estar ligeramente relacionado con el provecho del crecimiento espiritual, un estado de superioridad o grado elevado de espiritualidad no es un fin en sí mismo.

Los cristianos no consideramos que en este mundo podamos alcanzar la perfección espiritual (Fil 3:13); la santificación es el proceso en que en dependencia del Espíritu Santo avanzamos hacia la semejanza del carácter de Cristo, conscientes que sólo alcanzaremos el máximo grado cuando nuestro cuerpo corruptible se vista de incorruptibilidad, lo cual deja claro que nuestro esfuerzo no contribuye a ello completamente, sino el acto mediante el cual seremos glorificados por el Señor (1 Cor 15:53). Esa es la razón por la cual el ayuno cristiano difiere del ayuno Hindú y el de otras religiones orientales, el ayuno cristiano busca la Gloria de Dios y es más un anhelo por su presencia que un medio para hacernos más puros.

El peligro del legalismo

Otro peligro al considerar la práctica del ayuno es llevarlo al extremo del legalismo, tal y como los fariseos lo hacían en el tiempo del Señor Jesucristo. La biblia no da espacio para pensar que si una persona ayuna es más espiritual que otra o puede tener algún favor mayor delante de Dios que otro; de hecho, es el mismo apóstol Pablo quien declara: El que come, para el Señor come, porque da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor no come, y da gracias a Dios. (Rom 14:6). Es claro que en el contexto se trata de comer o no sacrificado a los ídolos, sin embargo el principio implícito es que todo debe hacerse para la Gloria de Dios. En ese mismo sentido de nuevo el apóstol Pablo: Si bien la vianda no nos hace más aceptos ante Dios, pues ni porque comamos seremos más, ni porque no comamos seremos menos (Rom 8:8).

Los fariseos consideraban que hacer públicos sus ayunos los hacía más aceptos delante de Dios, la tradición había agregado más días de los que en el Antiguo Testamento se habían establecido, sólo para ostentar algún tipo de superioridad sobre otras personas. Note las palabras del fariseo de la parábola de Cristo que oraba consigo mismo:

El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. (Luc 18:11-12)

La sentencia de Cristo fue que este hombre se fue a su casa sin ser justificado delante de Dios (Luc 18:14). Las obras no nos llevan a nosotros a ganarnos el favor de Dios, ni siquiera si son 40 días de ayuno.

De esta manera, el ayuno no nos hace más o menos ni delante de Dios ni delante de los hombres.

¿Entonces para qué es útil?

Teniendo en cuenta las dos consideraciones anteriores cualquiera puede empujar tan fuerte el péndulo que lo deja anclado en el otro extremo; el de no considerar los provechos que el ayuno sí puede tener en la vida del creyente.

En mi búsqueda al respecto de la forma en que la iglesia ha observado el ayuno a lo largo de la historia, encontré algunos aspectos interesantes en la teología de Juan Calvino. En libro IV de la Institución De la Religión Cristiana, Calvino aborda el tema de las disciplinas de la iglesia, y en el capítulo doce trata de manera magistral con la práctica del ayuno y sus utilidades en la vida del creyente. Cito:

El ayuno santo y legítimo se observó con tres fines: pues ayunamos, o para dominar y someter la carne, a fin de que no se regocije demasiado; o para estar mejor preparados a orar y meditar cosas santas; o para humillarnos delante de Dios cuando queremos confesar nuestras faltas delante del Señor.

En cuanto al primer fin, es claro no debe ser entendido de manera ascética, empero, el ayuno presenta gran provecho a la hora de crear hábitos que están relacionados con nuestra lucha con la carne. El poder llegar a controlar los hábitos más naturales de nuestro cuerpo nos ayuda a controlar aquellos que son menos esenciales en cuanto a su carácter vital; me refiero a que alguien que no es controlado por su vientre, tendrá mayor provecho a la hora de lidiar con otras prácticas que si pudieran llegar a ser dañinas en exceso.

Pablo se refirió a los enemigos de la Cruz que merodeaban la iglesia de Filipos como hombres cuyo Dios es el vientre (Fil 3:19), refiriéndose a ellos como personas que no tenían en sujeción su propia carne y eran esclavos de su glotonería y vida licenciosa. Al respecto el comentarista William Hendriksen dice lo siguiente:

En vez de procurar tener sus apetitos carnales en sujeción (Ro. 8:13; 1 Co. 9:27), comprendiendo que nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, en el que Dios debe ser glorificado (1 Co. 6:19, 20), estas personas se entregaban a la glotonería y al libertinaje. Rendían culto a su naturaleza sensual.

Los otros dos fines mencionados por Calvino están íntimamente relacionados. El ayuno lleva al creyente a un estado de sensibilidad mucho mayor al respecto de su propio pecado como resultado de oración y la meditación en el Señor. Es por eso que el ayuno es considerado como una forma de intensificar la oración. Al respecto de eso, Juan Calvino también afirma:

Por esto dice san Pablo que los fieles hacen muy bien en abstenerse del lecho conyugal por algún tiempo, para entregarse con mayor libertad a la oración y al ayuno (1 Cor. 7:5) [algunos manuscritos parecen sugerir que oración y ayuno es una interpretación adecuada al pasaje de 1 Cor 7:5]. Al unir aquí el ayuno a la oración como una ayuda suya, advierte que el ayuno no tiene importancia ninguna, sino en cuanto se refiere a este fin, Además, al mandar en este pasaje a los casados, que unos a otros se den mutua consideración (1 Cor 7:3), es claro que él no habla de oraciones ordinarias y cotidianas, sino de oraciones que requieren mucha mayor atención.

El otro aspecto de la humillación y la meditación es muy evidente en los ayunos del Antiguo Testamento (Neh 9:1; Dn 9:3), pero hay algo mucho más especial en el ayuno del Nuevo Testamento y es su relación con la obra de Cristo, en efecto, no se trata de un ayuno caracterizado por la amargura el dolor o la tristeza, sino todo lo contrario tal como lo define John Piper:

Hemos saboreado los poderes de la era por venir y nuestro ayuno no es porque tengamos hambre de algo que no hemos experimentado, sino porque el vino nuevo de la presencia de Cristo es tan real y tan grato. Debemos de tener todo aquello que es posible tener. La novedad de nuestro ayuno es que: Su intensidad viene no porque hayamos probado el vino de la presencia de Cristo, sino por haberlo saboreado tan maravillosamente por su Espíritu, y no podemos ahora ser satisfechos hasta que la consumación del gozo arribe. El nuevo ayuno, el ayuno Cristiano, es un hambre por toda la llenura de Dios (Efesios 3:19), provocada por el aroma del amor de Jesús y por el sabor de las bondades de Dios en el evangelio de Cristo. (Hambre por Dios; John Piper, Pg 19).

Más que comida

Estoy plenamente convencido de la necesidad que la iglesia de este tiempo tiene de recuperar prácticas y hábitos que fueron característicos y típicos de tiempos gloriosos. Avivamientos de ciudades y países enteros han estado precedidos por tiempos intensos de oración y aflicción en ayuno; por supuesto, se trata de un tema mucho más amplio, el ayuno no solo debe llevarnos a tratar enérgicamente con nuestros alimentos, sino con todo aquello que sea necesario a fin de tener una relación con Dios mucho más íntima y verdadera.

Quiera el Señor llevarnos a lidiar con todos los hábitos que comprometen nuestra relación con él, a fin de servir con mayor liberalidad, no siendo esclavos de nuestros deseos. Tal como menciona el apóstol Pablo: De esta manera peleo, no como quien golpea al aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.” (1 Cor 9:26:27).

Si de algo debemos convencernos hoy es de la verdad de la cual el Señor Jesucristo estuvo convencido en su tentación en el desierto: NO SOLO DE PAN VIVIRÁ EL HOMBRE, SINO DE TODA PALABRA QUE SALE DE LA BOCA DE DIOS.

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