Este artículo fue publicado originalmente para la revista Heart Cry , escrito por Paul Washer. (ver artículo original) – Ver la parte 1

Las Escrituras declaran que toda la humanidad esta bajo la maldición. Como esta escrito, “maldito todo el que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la Ley, para hacerlas.” Desde la perspectiva celestial, aquellos que quebrantan la Ley de Dios son viles y dignos de aborrecimiento. Son miserables, justamente expuestos a la venganza divina, y justamente devotos a la destrucción eterna.

No es una exageración decir que la última cosa que el pecador maldito debería y oirá cuando el de el primer paso en el infierno es a toda la creación parándose y aplaudiendo a Dios por haberse desasido de el de la faz de la tierra.

Tal es la vileza de aquellos que quebrantan la Ley de Dios, y tal el desdén de lo santo hacia lo impío. Y aun así el Evangelio nos enseña que “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros (porque escrito está: MALDITO TODO EL QUE CUELGA DE UN MADERO).” Cristo se volvió lo que nosotros éramos en orden de redimirnos de lo que merecíamos.

Él se volvió un gusano y no un hombre, la serpiente levantada en el desierto, el cordero enviado fuera del campamento, el cargador de pecados, y Aquel sobre el cual la maldición de Dios cayo. Es por esta razón que el Padre lo rechazo y todo el cielo escondió su rostro.

Es una gran travesía que el verdadero significado de la “exclamación de la cruz” de Cristo a menudo se ha perdido en un cliché romántico. No es raro oír a un predicador declarar que el Padre rechazo al Hijo porque no podía soportar el sufrimiento infligido en Él por las manos de hombres malvados. Tales interpretaciones son una completa distorsión del texto y de lo que actualmente transpiro en la Cruz. El Padre rechazo a Su Hijo porque le haya faltado fuerza para testificar Su sufrimiento, pero porque “Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El.” Él puso nuestros pecados sobre Él y le rechazo porque Sus ojos son demasiado puros como para aprobar la maldad y no puede ver la maldad con favor.

No es por sin razón que muchos tratados bíblicos ilustran un abismo entre un Dios santo y el hombre pecaminoso. Con tal ilustración las Escrituras están completamente de acuerdo. Como el profeta Isaías clamo:

He aquí, no se ha acortado la mano del SEÑOR para salvar; ni se ha endurecido su oído para oír. Pero vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados le han hecho esconder su rostro de vosotros para no escucharos.
(Isaías 59:1-2)

Es por esto que todos los hombres habrían vivido y muerto separados de la favorable presencia de Dios y bajo la ira divina si el Hijo de Dios no hubiera estado en su lugar, llevando el pecado, y muerto “desamparado de Dios” por ellos. Para cerrar la brecha y restaurar la comunión, “¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas?”

Cristo Muere bajo la Ira de Dios

Para obtener la salvación de su gente, Cristo no solamente sufrió el terrible desamparo de Dios, pero Él tomo la amarga copa de la ira de Dios y murió una muerte sangrienta en lugar de Su gente. Solo entonces podía ser satisfecha la justicia divina, apaciguar la ira de Dios, y hacer posible la reconciliación.

En huerto, Cristo oro tres veces para que “la copa” fuera removida de Él, pero cada vez Su voluntad se entregaba a la voluntad del Padre. Debemos preguntarnos ¿que contenía la copa que hiciera que Él pidiera fervientemente? ¿Qué contenía que causara tal angustia que Su sudor se mezclara con sangre? A menudo se dice que la copa representaba la cruel Cruz romana y la tortura física que le esperaba; que Cristo previó el gato de nueve colas viniendo detrás de su espalda, la corona de espinas penetrando su frente, y los clavos primitivos que serian atravesados por sus manos y sus pies.

Aun aquellos que ven estas cosas como la fuente de Su angustia no entienden la Cruz, ni lo que ocurrió ahí. Aunque las torturas lo colmaban por las manos humanas era el plan redentivo de Dios, había algo mucho más ominoso que evoco el clamor de liberación del Mesías

En los primeros siglos de la iglesia primitiva, miles de cristianos murieron en cruces. Se dice que Nerón los crucifico al revés, los cubrió de alquitrán, y les prendía fuego para proveer le luz a las calles de la ciudad de Roma. A través de las épocas desde entonces, un sin numero de cristianos han sido llevados a las más inquietantes torturas, y aun es el testimonio de amigo y enemigos al igual que muchos de ellos fueron ante la muerte con gran sagacidad. ¿Hemos de creer que los seguidores del Mesías enfrentaron tal muerte cruel y con gozo indecible, mientras el Capitán de su Salvación se acobardo en el huerto, fingiendo la misma tortura? ¿Acaso el Cristo de Dios le temió a látigos y espinas, cruces y lanzas, o acaso la copa represento el terror infinito que va mas allá que la crueldad humana?

Para entender el contenido ominoso de la copa, debemos dirigirnos a las Escrituras. Hay dos pasajes en particular que debemos considerar – uno de los salmos y el otro de los profetas:

“Porque hay un cáliz en la mano del SEÑOR, y el vino fermenta, lleno de mixtura, y de éste El sirve; ciertamente lo sorberán hasta las heces y lo beberán todos los impíos de la tierra.”

“Porque así me ha dicho el SEÑOR, Dios de Israel: Toma de mi mano esta copa del vino del furor, y haz que beban de ella todas las naciones a las cuales yo te envío. Y beberán y se tambalearán y enloquecerán a causa de la espada que enviaré entre ellas.”

Como resultado de la rebeldía incesante de los impíos, la justicia de Dios había decretado un juicio contra ellos. Justamente derramaría su indignación sobre las naciones. Él pondría el vino de Su ira en sus bocas y forzarlos a tomar hasta sus heces.

El simple pensamiento de que tal destino le espera al mundo es absolutamente terrible, y aun así ese habría sido el destino de todos, excepto que la misericordia de Dios busco la salvación de la gente, y la sabiduría de Dios elaboro un plan de redención aun desde antes de la fundación del mundo. El Hijo de Dios se haría hombre y caminaría esta tierra en perfecta obediencia a la Ley de Dios.

Él seria como nosotros en todos lo sentidos, y tentado en todos las maneras como nosotros pero sin pecado. Él viviría una vida perfectamente justa para la gloria de Dios y en vez de Su gente. Y en el tiempo designado, Él seria crucificado a manos de hombres impíos, y en esa Cruz, Él llevaría la culpa de Su gente, y sufriría la ira de Dios contra ellos. El perfecto Hijo de Dios y verdadero Hijo de Adán juntos en una gloriosa persona tomaría la amarga copa de de la mano de Dios y la tomaría hasta las heces.

Él tomaría hasta que fuera “consumado” y la justicia de Dios fuera completamente satisfecha. La ira divina que debió haber sido nuestra seria exhaustada sobre el Hijo, y seria extinguida por Él.

Imagínese una represa que esta llena al tope, De repente el muro protector es removido y el poder destructivo es liberado. Como la destrucción certera corre hacia el pueblo en el valle cercano, de repente la tierra se abre ante el pueblo y se traga aquello que la habría arrasado.

De la misma manera, el juicio de Dios corría directamente al hombre. No se podía encontrar escape en la montaña más alta o en el abismo más profundo. Los pies más veloces no podrían haberlo escapado, ni el mejor nadador soportar sus tormentos. La represa fue quebrada y nada podía arreglar su daño.

Pero cuando toda esperanza humana estuvo perdida, en el tiempo oportuno, el Hijo de Dios se interpuso. Él se paro entre la justicia divina y su gente. Él tomo la ira que ellos mismos habían encendido y el castigo que ellos merecían.

Cuando Él murió ni una gota del diluvio quedo. ¡Él la tomo toda!

Imagínese dos piedras de molino, una girando encima de la otra. Imagínese que entre las piedras hay un grano de trigo que es halado por el gran peso. Primero es molido hasta ser irreconocible, y después sus partes internas son esparcidas y molidas en polvo. No hay esperanza de removerlo o reconstruirlo. Todo se ha perdido e irreparable.

De igual manera, “Le plació a Dios” moler a Su propio Hijo y ponerlo en angustia indescriptible. Por lo tanto le plació al Hijo someterse a tal sufrimiento en orden de que Dios fuera glorificado y una gente fuera redimida.

No es que Dios se haya complacido o encontrado placer en el sufrimiento de Su amado Hijo, pero por su muerte, la voluntad de Dios se cumplió. Ningún otro medio tenía poder de remover el pecado, satisfacer la justicia, y apaciguar la ira de Dios contra nosotros. A menos que ese grano de trigo divino hubiera caído y muerto, habría permanecido sola sin una gente o una esposa.

El placer no estuvo en el sufrimiento, pero en todo lo que el sufrimiento lograría: Dios seria revelado en una gloria aun desconocido a hombres y ángeles, y gente seria traída a una relación sin obstáculos con Dios.


Traducir por Diego Kim

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.