Amado, yo deseo que seas prosperado en todas las cosas y que tengas salud, así como próspera tu alma. (3a Jn 3)

¿Cual es el propósito por el cual queremos nosotros ser prosperados? ¿Y en qué medida? Toda prosperidad que viene de Dios tiene un propósito, y debe ser nuestro anhelo que ella sea proporcional a nuestra salud espiritual.

Esta oración elevada por el anciano apóstol Juan, es un deseo para que su hermano Gayo sea prosperado en la misma medida que su alma lo había sido. Parece que Juan entendía del crecimiento espiritual de este hermano, y por eso sin reparos oraba para que el resto de los asuntos de su vida fueran igualmente prósperos.

Hay un problema en anhelar riquezas antes que a Dios. Es peligrosa la abundancia en un corazón que no ha aprendido a deleitarse en el Señor, a tener contentamiento y a repartir con liberalidad. Ese no era el problema de Gayo, pues tenía testimonio de ser alguien que encaminaba y servía con su dinero a los misioneros y hombres que se encargaban de predicarles el Evangelio (v5). Juan sabía de antemano, que toda la prosperidad que su hermano en la fe recibiera iba a redundar en mayor gloria a Dios y servicio de acuerdo con su madurez espiritual.

La prosperidad de Abraham, Jacob, José, Salomón, José de Arimatea, así como la de Gayo, estuvieron al servicio de Dios, sus planes y propósito. Ninguno de ellos prosperó para su propia gloria, lo cual habría hecho del dinero su dios, sino que buscaron una gloria mayor. Nuestra prosperidad económica cuando es proporcional a nuestra riqueza espiritual, siempre será para alabanza y servicio a Dios.

Y tú ¿para que quieres prosperar? ¿Eres espiritualmente maduro para administrar dicha prosperidad? ¿Deseas prosperar para gastar en tus deleites o haciendo la voluntad de Dios? Esas son buenas preguntas que haríamos bien en reflexionar hoy.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.