El otro día vi el esqueleto de lo que antes era un pequeño centro comercial. Los huesos del edificio no tenían carne, ya que por daños estructurales lo iban a derrumbar. Pienso que muchos forman iglesias de la misma manera en que se construyó aquel edificio. Empiezan, pero por no conocer las bases bíblicas de la eclesiología, la doctrina de la Iglesia, edifican de una forma que puede “funcionar” humanamente pero que no concuerda con las instrucciones de Cristo. Él prometió edificar su Iglesia (Mat 16:18), pero debemos conocer los planos del Señor para poder ser colaboradores fieles en esta tarea. Tristemente, si edificamos mal, nuestra obra será quemada (1 Co 3:5-17).

Cuando se trata de la eclesiología, todos tenemos bagaje. Partimos de nuestra experiencia y la enseñanza que hemos recibido. Así que, creo que es importante ser transparentes acerca de nuestro punto de partida. En mi caso, soy cristiano, bautista y dispensacionalista. En mi eclesiología los tres apelativos tendrán su influencia, pero van de mayor a menor importancia.

A mis amigos reformados, quiero decirles que amo la teología reformada, aunque no comparto todas sus creencias y en aras de la transparencia total, les confieso que no tengo ningún diagrama profético en las paredes de mi casa, de mi oficina (no tengo) ni en la iglesia (bautista) en la cual sirvo como pastor. Como algunos saben soy estadounidense y trabajo como misionero bautista en Santa Marta, Colombia.

Dicho esto, quiero enfatizar que la Palabra de Dios tiene que ser nuestra autoridad en la eclesiología. Cada uno debe sacar a la luz el bagaje que lleva para evaluarlo a la luz de las Escrituras y para hacer los ajustes necesarios en su eclesiología.

El comienzo de la Iglesia

«Dime de dónde vienes y te diré quién eres». Conocer el origen o el comienzo de una entidad te ayuda a entenderla muchísimo mejor. Por lo consiguiente, la primera pregunta que debemos contestar es: ¿cuándo comenzó la Iglesia de Cristo?

Según el lexicón estándar del griego bíblico (BDAG), la palabra ἐκκλησία (ekklesía), tenía cuatro usos básicos: 1) una asamblea que se reúne formal y regularmente, 2) una asamblea que se reúne informalmente, 3) personas que comparten una creencia (comunidad, congregación), 4) la comunidad global de cristianos (iglesia universal).

Notemos que el simple uso bíblico de la palabra ἐκκλησία (ekklesía) no necesariamente significa que  fuera una iglesia en el sentido neotestamentario. Por ejemplo, en la Septuaginta (LXX), la traducción del Antiguo Testamento al griego, se usa la palabra para referirse a una asamblea (Deu 9:10) según la aceptación #1 o a la congregación (Deu 31:30) según el significado #3. A pesar del uso de la misma palabra en el AT, no debemos deducir que la Iglesia de Cristo existiera en el AT porque las doctrinas se construyen sobre la base de las ideas expuestas en la Palabra en su contexto y no sobre las palabras aisladas.

¿Cuándo comenzó la Iglesia entonces? La primera vez que vemos la palabra  ἐκκλησία (ekklesía) en conexión con la Iglesia ocurre en Mateo 16:18 en donde Jesús dice: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. En el contexto, el tema es la identidad de Jesús: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (v. 13). Pedro afirma que Jesús es “el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (v. 17). Sobre esa “roca”, la confesión de Pedro, Cristo dijo que edificaría su Iglesia. Notemos su uso del tiempo futuro, “edificaré mi iglesia”. Es claro que hasta ese momento Cristo no había empezado su iglesia y que Pedro no había usado “las llaves del reino de los cielos” (v. 19), algo que el apóstol haría después en varias ocasiones (p. ej. el día de Pentecostés, o con Cornelio en Hechos 10).

Miremos otro pasaje relevante a esta pregunta:

Efesios 1:19b-23 “según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”.

Si Cristo es la cabeza de la Iglesia, ¿cómo podría existir la Iglesia si su cabeza no hubiera sido resucitado y exaltado todavía?

Con la misma lógica, vemos en Efesios 4:7-12 que la Iglesia es el cuerpo de Cristo y que Cristo le dio a la Iglesia algunos dones como los apóstoles, profetas, etc. La pregunta es: ¿cómo podía existir la Iglesia sin haber recibido los dones que Cristo le iba a dar?

El libro de Hechos también nos enseña que la Iglesia empezó en el día de Pentecostés. ¿Cómo llegamos a esta conclusión? Vemos en Hechos 1:8 que Cristo prometió la llegada futura del Espíritu Santo. En Hechos 2, el Espíritu Santo vino sobre los discípulos y hablaron en lenguas como evidencia de la obra del Espíritu en ellos (vv. 4, 17). Las experiencias de ese día son relacionadas con las palabras de Cristo acerca del bautismo por el Espíritu (Hch 1:8) en Hechos 11:15-17. Esta verdad también concuerda con la enseñanza de Pablo en 1 Corintios 12:13 sobre el bautismo por el Espíritu Santo como obra que une al creyente al cuerpo de Cristo.

La distinción entre Israel y la Iglesia

Si creemos que la Iglesia de Cristo comenzó el día de Pentecostés, eso implica una distinción entre Israel y la Iglesia. Algunos dispensacionalistas han ido a un extremo con la distinción (p. ej. algunos han hablado equivocadamente de dos maneras de salvación), pero ese hecho no debe anular una correcta interpretación de ella. Yo podría escribir un artículo completo sobre este punto, pero solamente quiero mirar un pasaje y una aplicación del mismo.

En Efesios 2:11-16 vemos que Dios unió a los pueblos judío y gentil en uno solo. Este nuevo pueblo es “un solo y nuevo hombre” (v. 15) y “un solo cuerpo” (v. 16), edificado sobre el fundamento de los apóstoles y profetas” (v. 20). Es decir, la Iglesia no es el Israel espiritual, aunque los dos comparten las bendiciones espirituales del Nuevo Pacto en Cristo. No es una renovación de algo que ya existía, sino algo nuevo.

Esta distinción nos ayuda a interpretar correctamente el AT para la Iglesia. El AT es inspirado por Dios y útil, pero debemos aplicar cuidadosamente su enseñanza a la Iglesia. Por ejemplo, el gobierno de la nación de Israel no es el modelo para el gobierno de la iglesia local. ¿Cuántas iglesias locales han tomado elementos del culto de Israel y los han aplicado directamente a la iglesia? Esto se puede ver en el vocabulario (p. ej. llamar una mesa adelante el “altar”), en las actitudes (los pastores deben considerarse los “ungidos” de Dios), o en la vestimenta (el pastor debe usar ciertas prendas que lo distinguen de la congregación). Si entendemos la distinción entre Israel y la Iglesia podemos aplicar más fielmente el AT a la iglesia.

La distinción entre la Iglesia y las iglesias

La Palabra de Dios enseña una distinción entre la Iglesia de Cristo y las iglesias locales. Algunos han negado la existencia de la Iglesia universal de Cristo, pero creo que hay varios pasajes que claramente enseñan acerca de ella. Por ejemplo, Colosenses 1:18 habla de Cristo como “la cabeza del cuerpo que es la iglesia”. De igual forma, “Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador” (Efe 5:23). Difícilmente podríamos interpretar esta “iglesia” como una iglesia local. Más bien, es el cuerpo de todos los cristianos verdaderos. La Iglesia universal de Cristo es un organismo espiritual sin una estructura visible. No debemos buscar su sede principal en ninguna ciudad de la tierra.

En contraste, las iglesias locales sí se reúnen en una localidad. Son organismos espirituales porque deben ser conformadas por creyentes en los cuales vive el Espíritu Santo y también deben tener una organización. Pablo escribe a las iglesias de Gálatas (Gál 1:2) o “a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos” (Fil 1:1). Las iglesias locales deben tener un liderazgo bíblico, deben celebrar las ordenanzas, deben ejercer la disciplina bíblica y deben dedicarse a la fiel predicación de la Palabra de Dios, entre otras tareas dadas en la Palabra de Dios a la iglesia local.

Es importante reconocer tanto la importancia de la Iglesia universal como de de las iglesias locales. Hoy día abundan los supuestos cristianos que hacen parte del cuerpo de Cristo sin congregarse en una iglesia local. Es un gran error (Heb 10:25). De igual forma, negar la existencia de la Iglesia universal nos puede hacer orgullosos al pensar que somos los únicos fieles al Salvador. Si entendemos que la obra de Dios es mucho más grande que nuestra congregación o nuestro grupo, eso nos une más al propósito de Cristo para su Iglesia. Podemos orar más fielmente por nuestros hermanos que sufren persecución en algunos países del mundo y podemos regocijarnos cuando el evangelio es predicado por otros, incluso por personas o grupos con los cuales tendríamos diferencias doctrinales.

 Consecuencia entre nuestra teología y práctica

Este artículo ha sido simplemente un acercamiento a la eclesiología porque el tema merece todo un libro para explicarlo bien. A la luz de este acercamiento, queda claro que necesitamos vivir de acuerdo a nuestra teología. Si creemos que la iglesia local es un organismo espiritual, no podemos tratarla como una empresa. Si vemos una distinción entre Israel y la Iglesia, no podemos echarle maldiciones reservadas para la nación de Israel a la iglesia local simplemente porque al hacerlo podríamos generar mejores ofrendas para la iglesia. ¡Qué seamos consecuentes en la práctica con lo que creemos acerca de la iglesia! Qué el Señor nos guie por su Espíritu a edificar con oro, plata y piedras preciosas en vez de con madera, heno u hojarasca (1 Co 3:12).

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